Todo detective que se preciara conocía la agencia Pinkerton, una de las pioneras y más conocidas del sector. Su sede principal se encontraba en Chicago y hasta allí fue Angie M. Warne, más conocida como Kate Warne, a pedir trabajo. Cuando Allan Pinkerton, el fundador y director, la atendió, dio por hecho que la muchacha quería un trabajo como administrativa. Su sorpresa fue cuando Warne le dijo que lo que quería realmente era ser detective.

A día de hoy, el paso que dio Warne parece normal y puede no sorprender. Pero hay que tener en cuenta que en 1856 no existía ninguna mujer detective. Antes de que el jefe aceptara o denegara su petición, la joven le dio dos razones. “Una es que las mujeres crean menos sospechas y la segunda es que los hombres cuando beben sueltan la lengua mucho más con una mujer”, explica el periodista y escritor José Luís Ibáñez en su libro Todo lo oye, todo lo ve, todo lo sabe (Espasa).

Kate Warne se presentó en la agencia de detectives Pinkerton para pedir trabajo como detective

Pinkerton meditó la oferta de Warne y, finalmente, acabó contratándola, pues comprobó que su teoría era cierta. “Con el tiempo, el resto de agencias del mundo utilizaron esos mismos dos puntos para justificar la contratación de mujeres detectives hasta que se normalizó”, asegura Ibáñez en una entrevista a La Vanguardia.

En vista del éxito de sus casos, Warne ascendió en la empresa. Tanto es así que Allan abrió una nueva unidad para mujeres y colocó a Warne como coordinadora. En sus memorias, Pinkerton calificó a su empleada como “la mejor entre los mejores” y la describió como una mujer “dominante, clara, de rasgos expresivos, esbelta, de pelo castaño, graciosa en sus movimientos y dueña de sí misma. Sus rasgos, aunque no se les hubiera podido llamar bellos, tenían un arrojo decididamente intelectual. Su cara era honesta, por lo que cualquiera que se encontrase en problemas la elegía instintivamente como confidente”.

A lo largo de su carrera, Warne se hizo con la confianza de las damas de la alta sociedad sureña, que conversaban alegremente sobre los planes secesionistas de sus esposos y que, en ocasiones, confesaban los secretos de algunos de sus maridos delincuentes.

El caso Lincoln

Pero si hay un caso que hizo que sus compañeros la respetaran, ese no fue otro que el de salvar la vida al entonces presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln. Warne tan solo llevaba cinco años en la agencia, suficientes para aprender y destacar por encima de muchos de sus compañeros. Fue enviada a Baltimore ante las sospechas de Samuel Felton, presidente de la compañía de ferrocarriles que recorría la costa este.

Felton creía que algo malo podía ocurrirle al presidente, así que Warne, con el sobrenombre de Mrs. Cherry, se camufló entre la sociedad para averiguar qué ocurría realmente. Solo le hicieron falta dos semanas para descubrir el cómo, el cuándo y el porqué de los planes del atentado. Lincoln tenía pensado llegar a Baltimore y atravesar la ciudad en un desfile oficial. En ese momento, un grupo planeaba simular una trifulca que distrajera la atención de los policías encargados de la seguridad del evento. Aprovechando el tumulto, los terroristas rodearían a Lincoln y lo matarían.

Warne alertó a la agencia a escasas horas de que esto sucediera y creó un plan para desmoronarlo. Convenció a Lincoln y lo disfrazó con un enorme abrigo para ocultar su delgada fisonomía. Luego, le cedió un bastón y un sombrero de fieltro. De esta guisa, y con la compañía de Kate, atravesó la ciudad. El recorrido continuó hasta Washington, pues la detective logró entrarlo en un tren sin escalas, donde había reservado cuatro camas, supuestamente para ella y sus tres hermanos. Sus dotes de convicción eran tales que logró que les dejaran la trasera del vagón para garantizar que uno de los viajeros, al que alegó una una enfermedad y que necesitaba trato preferente, accediera al tren de manera cómoda y discreta.

Lincoln logró llegar sano y salvo a Washington. Durante la noche, temiendo que les hubieran descubierto y para evitar otro atentado, tanto ella como sus otros compañeros detectives hicieron guardia. Después de esto, la agencia Pinkerton acuñó su famoso lema: “We never sleep” (nunca dormimos).